Esta es mi casa: ¿por qué es casi inexistente la gestión compartida de estadios en Argentina?

Por Vittorio Hugo Petri
La Ciudad de Buenos Aires es la ciudad del mundo con más estadios: 18 canchas de fútbol (exclusivas de fútbol). Y si sumamos el área metropolitana, la cantidad aumenta a 59. Esto no es casualidad, Buenos Aires lleva esta relación entre estadio, territorio e identidad a un extremo casi único. Tal proliferación nace de una historia muy propia: clubes surgidos del asociacionismo barrial, hijos de inmigrantes, necesitados de conseguir un “terreno propio” en paralelo al acceso popular a la casa propia: El club, y, por ende, la cancha, aparece casi como una prolongación colectiva de la vivienda.
El dato se vuelve todavía más fuerte si lo miramos por habitantes: CABA tiene 3.121.707 habitantes según el Censo 2022. Con 18 canchas de fútbol, eso da aproximadamente un estadio cada 173.000 habitantes, o 5,8 estadios por millón de personas. No sólo es una cantidad muy elevada: es el reflejo de una particular forma urbana. La ciudad no concentra uno o dos grandes estadios neutrales, públicos y representativos, sino que está conformada por una gran constelación de casas futboleras, cada una con su barrio, sus colores, sus paredes, sus muertos, sus ídolos y su memoria.
Buenos Aires, la ciudad con más estadios del mundo (CONMEBOL)
La particularidad porteña radica en la multiplicación, mientras muchas ciudades del mundo lograron resolver la pasión futbolera mediante la centralización, en la CABA esto no aparece como una posibilidad en el horizonte. Y los ejemplos del pasado también dan cuenta de esto, la experiencia que surge en torno a los estadios mundialistas de 1978 es reveladora en este sentido: En plena dictadura militar, se intentó proyectar al mundo una imagen de país moderno, ordenado y federal a través de grandes infraestructuras deportivas construídas desde arriba. Son estadios que no nacieron del arraigo de una comunidad, sino que, por el contrario fueron producto de un montaje, de una escenografía, su constitución es casi teatral. Y hay un dato que, en este sentido, resulta elocuente: en el mundial de 1978, Argentina no jugó en ninguno de los estadios construídos especialmente para la cita mundialista, ni en Córdoba, ni en Mendoza, ni en Mar del Plata. Sólo jugó en el Monumental y en Rosario. Esas nuevas construcciones funcionaron como conducto para mostrar una idea de Nación durante esas semanas, pero nunca fueron capaces de generar pertenencia.
Sucede que, en el fútbol argentino, el estadio de fútbol no es un contenedor neutral, un espacio a llenar, un depositario de cuerpos. Está cargado de signos: colores, tribunas, murales, accesos, calles, bares, estatuas, placas, olores, recorridos, memorias familiares, lágrimas, derrotas traumáticas, gritos inmortales, títulos narrados mil veces y más lágrimas, y sonrisas. Por eso, repetir, sin falta, cada 15 días, la frase hoy jugamos en casa no quiere decir solamente “hoy jugamos de local”: quiere decir que hoy jugamos dentro de nuestro mundo, envueltos en nuestros colores, en nuestra butaca, entre nuestros recuerdos. La cancha es ese lugar donde el club migra desde la abstracción hacia la materia.
Este fenómeno lo podemos entender desde la particularidad que tiene la identidad futbolística argentina construida y sostenida fuertemente por la oposición a un otro, a un rival, a un clásico, donde el máximo exponente de esa oposición es el aguante versus la amargura, la frialdad. Casi la totalidad de los cantos de las hinchadas argentinas giran en torno a esta diferencia, esta frontera, esta piel. Cantar es el alimento que nos viste, lo que nos nutre de esa identidad colectiva.
El estadio es ese significante material de nosotros. No alcanza con decir soy de Boca, soy de Racing, soy de Gimnasia o soy de Quilmes: esa identidad (como toda identidad) necesita de una geografía, necesita fronteras, necesita espacio. La Bombonera no es solo Boca por los sus colores; es Boca porque está en La Boca, por Caminito, por su forma, por su acústica, por su caracterización popular, no tiembla, late, por Maradona, por la liturgia que implica llegar al barrio. El Cilindro no es solo Racing por sus colores… y así con cada uno.
En Río está el Maracaná, la meca de todo futbolista del planeta (Canal Encuentro).
En Europa u otros países de Latinoamérica, como Brasil, hay muchos casos exitosos de estadios compartidos entre equipos, porque operan otros significantes dominantes. San Siro (o Giuseppe Meazza), por ejemplo, es casa del Milan y el Inter desde 1947, y su nombre cambia según el día, según quien juegue: allí, el estadio, además de estadio, es monumento urbano, es La Scala del calcio, y es sinónimo en sí mismo, antes que propiedad simbólica exclusiva de uno solo. El Maracaná, en Río, es casi un monumento estatal, convertido desde 1950 en un emblema del fútbol mundial y operado actualmente por Flamengo y Fluminense; históricamente fue usado por varios grandes cariocas, fue casa compartida, su identidad es de origen colectivo y trascendencia comunitaria, es fortaleza nacional. En esos casos, el estadio compartido no borra la identidad, no opera como un elemento de supresión porque el edificio, su infraestructura ya está investido como templo de la ciudad, como templo nacional, como capa identitaria superior. Las disputas territoriales surgen, entonces, en el entorno, en las adyacencias del estadio: la antigua Radial Oeste, que bordea el Maracaná, fue bautizada como Avenida Rei Pelé y esto fue motivo de disputas entre los torcedores de Flamengo que tienen como máximo ídolo a Zico (máximo goleador histórico en el Maracaná). Esto ocurrió luego de un intento fallido de renombrar al estadio como Rei Pelé: de haber sucedido se habría avanzado en un corrimiento en la identidad colectiva nacional.
En Argentina, y en particular, en las grandes ciudades, no existe siquiera una cancha con esta carga simbólica: no existe ciudad por encima de los clubes. La existencia primigenia es el propio club, el club clavado en una porción de ciudad. No existe cancha que represente a Buenos Aires en abstracto (o casi cualquier otra ciudad): es el barrio, el territorio, las canchas representan a La Boca, Núñez, Parque Patricios, Liniers, Avellaneda, Lanús, Arroyito, Quilmes o el Bosque. La frontera, los límites, el barrio, no son accesorio, no es decorado; son constitutivos, son argumento.
La lucha de San Lorenzo por volver a Boedo es uno de los ejemplos más claros de que, en Argentina, identidad, barrio y estadio son indisociables. El Nuevo Gasómetro resolvió la localía, pero no resolvió el desarraigo: San Lorenzo podía jugar, pero seguía lejos de una parte central y constitutiva de su historia, el Viejo Gasómetro no es solo un edificio perdido, es una raíz barrial arrancada. Por eso la Vuelta a Boedo funciona como una causa colectiva: en esencia, no se trata de construir un nuevo estadio, sino de volver a inscribir al club en el territorio donde se forjó la propia identidad.
“Volver a Boedo”, un largometraje (Sergio Criscolo) sobre “cómo la utopía se transformó en lucha”.
Es por toda esta configuración que compartir estadio en Argentina conlleva un costo simbólico enorme: implica convertir una casa propia en una alquilada. Y una casa alquilada pierde pertenencia. La podemos decorar de azul y oro un día y de rojo y blanco al otro, de celeste y blanco un domingo y de rojo el sábado siguiente, pero el problema no es la cartelería removible, ni las banderas desmontables: el problema es que la identidad, nuestra identidad futbolera, está sostenida sobre la idea de permanencia, de estar, de aguantar. La estatua no se cambia. El mural no rota. La esquina no se neutraliza. La memoria no se desmonta cada domingo, la historia no se negocia.
El caso del Estadio Único de La Plata es emblemático. Fue ideado y proyectado con la intención de que los dos clubes más importantes de la ciudad jugaran allí y compartieran localía en un estadio ultramoderno, techado, con pantallas y un diseño sin precedentes en Argentina, pero Gimnasia eligió sostener el Bosque como escenario identitario basal (después de todo, no existe lobo sin bosque) y Estudiantes lo usó de forma temporal hasta reconstruir UNO. De esta manera, el estadio único de La Plata terminó más asociado a eventos especiales, partidos de selecciones y recitales que a una identidad futbolística compartida.
Lo más interesante de este caso es que el fracaso no estuvo sostenido por malos resultados deportivos, por el contrario, entre 2006 y 2019, Estudiantes jugó 203 partidos oficiales como local en el Estadio Ciudad de La Plata: ganó 117, empató 49 y perdió 37 (obtuvo el 66% de los puntos posibles); incluso allí construyó gran parte del Apertura 2006 y la copa Libertadores 2009. Pero, aun así, con el mayor argumento futbolístico para hacer de ese lugar una nueva fortaleza, el regreso a 1 y 57 fue narrado y abrazado como un volver a casa después de 14 años. El rendimiento (y el éxito) deportivo no pudo reemplazar al territorio.
Un “león de fuego” pisa, por primera vez, el nuevo Estadio UNO Jorge Luis Hirschi.
La perla estadística que mejor resume todo se encuentra en Avellaneda: Racing e Independiente tienen sus estadios a apenas 210 metros de distancia y, juntos, reúnen casi 100.000 lugares de capacidad potencial. Desde una mirada urbanística fría, esto resulta ciertamente absurdo: dos gigantes pegados, que implican dos operativos, dos estructuras, dos mantenimientos, dos costos. Pero desde una mirada cultural, es completamente lógico: acá no importa optimizar el espacio (no tiene razón de ser) sino marcar frontera. No compartir es parte constituyente de la rivalidad, nuestra construcción es, en gran medida, por oposición. El otro puede estar al lado, incluso enfrente, verlo a simple vista desde nuestra casa, pero nunca adentro.
Hoy jugamos en casa es mucho más que una frase hecha, casa no es solamente protección: es soberanía. En casa se decide qué se canta, qué se pinta, qué se recuerda, quién entra, por dónde se llega, qué bandera se cuelga, qué muerto se homenajea, qué ídolo mira hecho estatua en la tribuna o al borde del campo. Compartir estadio implicaría dotar de intermitencia a esa soberanía. Y en el fútbol argentino, una identidad intermitente se vive como una identidad debilitada.
Bibliografía de referencia:
- Pablo Alabarces. Fútbol y patria. El fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina.
- Julio Frydenberg . Los barrios y el fútbol en la ciudad de Buenos Aires de 1930.
- Pablo Alabarces. Crónicas del aguante. Fútbol, violencia y política.
- Javeri Sebastián Bundio. La construcción del otro en el fútbol: identidad y alteridad en los cantos de las hinchadas argentinas.